Alice o la enigmática Kiki de Montparnasse15 marzo, 2017

kiki de montparnasse

Alice o la enigmática Kiki de Montparnasse

La colección Le Bal des Arts está inspirada en la mujer que vivió y soñó en el París de los locos años 20. La inspiración surge de la mujer y de la época: artistas, intelectuales y mujeres anónimas que lucharon por ser ellas mismas. Entre ellas, no podía falta Kiki de Montparnasse, a quien le dedicamos este conjunto:

 
Kiki de Montparnasse

 

Kiki de Montparnasse

Alice Prin fue más conocida como Kiki de Montparnasse. Modelo, cantante, actriz, pintora y, ante todo, francesa, fue musa de los más diversos artistas, se codeó y dejó huella en las vidas más interesantes de la época. Ella fue diversión, sensualidad y desenfreno. Kiki de Montparnasse contribuyó a definir la cultura liberada del París de los años 20, fue nombrada Reina de la escena artística de Montparnasse y conocida en toda la ciudad. Fue amante de muchos e inmortalizada en lienzos y papel fotográfico por todos aquellos a los que abrazó en la intimidad. El más conocido, y tal vez el más duradero, fue Man Ray.

 

Kiki de montparnasse

 

Kiki de montparnasse

 

Alice: conjunto de transparencias de tul y plumeti

Kiki de Montparnasse es la musa del conjunto Alice, un juego de transparencias en tul y plumeti. El sujetador es de copa tres cuartos y de gran sujeción, reforzado por dentro en la parte inferior de la copa para lograr una sujeción perfecta y una preciosa estética. La braguita es un modelo bikini con un corte fruncido irresistible en la parte trasera. El conjunto es cómodo y funcional, pero a la vez es femenino y sugerente, con un punto de provocación. Es el sueño de Alice.

 

Kiki de montparnasse

 

Confiamos en Espido Freire para relatar esta historia, la de este conjunto, para captar una fracción de segundo en la vida de Kiki de Montparnasse y completar así nuestra inspiración ideal. El sueño hecho realidad. Este es el microcuento de Alice:

 

Alice

Ahora que se ha quedado sola y aún hay un rastro de luz de tarde tras la ventana, escucha a Josephine Baker. La voz de la artista huele a las rosas que crecen en el único tiesto que ha sobrevivido a las mudanzas de Alice. No es la preciosa, la impresionante Jo Baker de Bye bye, black bird, sino el mito que en el París de 1968, en el Olympia, aún podía dar una lección de sensualidad y de libertad a cualquiera.

Esos son sus grandes momentos. No nos engañemos, todo lo ocurrido durante la tarde (las miradas, primero, el dedo que tan sabiamente se desliza por la clavícula hasta el tirante, y luego bajo el tul del pecho, los almohadones que han acabado en el suelo, la alfombra que se convierte en cama), todo eso es la vida, le da la vida. Pero cuando finaliza, con los labios y las mejillas enrojecidas y el cabello despeinado, el mejor de los momentos es esa soledad en la que recuerda algunas escenas, algunas palabras deslizadas entre la lencería y la piel, y cuando comprende, de verdad, la importancia de aferrarse a cada instante, a la tarde que cambia de color y a su propia respiración, que se va serenando.

Es por eso, cree ella, que conserva las rosas, aunque algunas se le empeñen en morirse y otras en no brotar. Es la misma razón por la que de vez en cuando escucha a esa diosa de ébano que revolucionó un país: para recordarse que debe aprovechar el momento y gozar de él, la compañía y la soledad, la melancolía y la añoranza. Para sentir que además de otras manos, hay un tul, unas rosas, una música que son también capaces de acariciarla.

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